Gregorio Kaminsky, 1-12-1950/10-4-2018, in memoriam/ Gregorio: la amistad incondicional-Raymundo Mier

 

Espera que llegaremos a tu vereda, Goyo

Gregorio Kaminsky, 1-12-1950/10-4-2018, in memoriam

El 10 de abril de 2018, en horas de la mañana, muríó Gregorio (Goyo) Kaminsky. Durante 2017 había estado muy mal, casi todo el año internado, y luego, casi como un milagro, se recuperó. Volvió a su casa, a la que tanto amaba, a sus plantas, sus libros, su familia, las cosas cotidianas que conforman eso que llamamos “hogar”. Sus amigos tuvimos posibilidad de visitarlo, ya no asistido por máquinas, sin poder hablar, y tratando de hacerse entender a duras penas en un sanatorio, sino en su casa, feliz de su retorno, entusiasmado. Como que la vida, de repente, se embriagó con él en esos dos meses, y le dio ánimos para forjar proyectos, pensar en actividades, salidas… Quedamos sin realizar aquel proyecto que cinco amigos (Marcelo Percia, Alejandro Kaufman, Patricia Digilio, Goyo, y yo) habíamos pensado un año atrás: ese programa de radio llamado “Animales juntos”. Cuando estuvo internado varias veces le mencioné que debía recuperar la voz (afectada por una traqueotomía) para hacer el programa. Y Goyo recuperó la voz, y fue recuperando poco a poco sus otras capacidades. Lo último, el andar. Pero, lo sabemos, la vida no es justa, hace de las suyas todo el tiempo, y nuevamente volvió a enfermar, y se fue en pocos días. Nos dejó a sus amigos ese recuerdo de la recuperación impensable después de un proceso tan doloroso de enfermedad, esa vida que  de repente, de nuevo, lo atrapó y entusiasmó en esos dos meses en su casa. Casi como si la vida le hubiera dado una chance para una buena despedida.

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Gregorio Kaminsky fue un pilar fundamental para la difusión de los estudios nietzscheanos y postnietzscheanos en nuestro país desde mediados de los 80. Había regresado de México en la época de la democracia, fue por entonces profesor en las Facultades de Psicología y de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (en esta última se jubiló como profesor titular), y en el año 1993 lo conocí, como director del Instituto de Filosofía Alejandro Korn de la Facultad de Filosofía y Letras. Tal vez porque no era un profesor de la casa, no tuvo una buena recepción su aparición en el ámbito del claustro de profesores de Filosofía (salvo excepciones). Por ello, empezó a convocarnos a quienes por entonces éramos auxiliares docentes. En mi caso, era Jefa de Trabajos Prácticos en Metafísica y en Fundamentos de Filosofía, y me invitó, como directora de la revista Perspectivas Nietzscheanas,  a organizar “algo nietzscheano” en el ámbito del Instituto. Organizamos así un grupo de investigación, y también las primeras Jornadas Nietzsche 1994, las que luego continuamos a lo largo de los años, siempre con su apoyo y su asistencia “perfecta” y dialogante durante las distintas Jornadas . También organizó en esos dos años como director las Jornadas Foucault, la compilación Borges y la filosofía, las Jornadas Wittgenstein Nuevas lecturas, el Encuentro El intelectual y la sociedad de fin de siglo. Asimismo, se ocupó de volver a la regularidad la publicación de Cuadernos de Filosofía (los números 39, 40 y 41 de editaron durante su gestión), y reunió en el Instituto a intelectuales como Nicolás Casullo, Alejandro Kaufman, Ricardo Forster, en lo que luego sería la base de la revista Confines , luego Pensamiento de los Confines.

Hay un volcán en México, país donde él estuvo  exiliado en la época de la dictadura, el Popocatépetl, al que le dicen “Don Goyo”, y yo solía decirle que había pasado por el Instituto como ese volcán homónimo, por la cantidad de actividades que había desarrollado e impulsado en esos dos años. Siempre convocando a gente joven, e impulsándola a deconstruir el esquema de la división tajante del claustro profesores-graduados.

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Que un deleziano-spinoziano, difusor de la obra de Foucault como era él se dedicara, en su última etapa de producción intelectual,  al tema policial,  fue un motivo de asombro para muchos: el enfocó la formación profesional de los agentes de seguridad desde una nueva perspectiva. Esto lo  desarrolló  en la Universidad de Lanús, donde colaboró en la creación  y dirigió la Licenciatura en Seguridad Ciudadana, y en  la Universidad de Río Negro, donde contribuyó a la creación y fue director de la Licenciatura en Criminología y Ciencias Forenses de la Sede Alto Valle y Valle Medio de la UNRN, y director del Instituto de Investigación en Políticas Públicas y Gobierno (IIPPyG) de la misma Universidad.

Muchas veces nos contaba a sus amigos el desafío que  representaba hablar de Foucault a policías, y tratar de poner en crisis el esquema verticalista que ampara al “subordinado”, desde el diálogo y debate  en torno a la autoridad. Por esos años, participé en grupos de investigación sobre la problemática biopolítica y los posthumano que él dirigió, y era evidente que su interés fue siempre conectar la cuestión filosófica, en este caso,  la administración de la vida, con cuestiones más cotidianas, como el ejercicio de la seguridad en nuestro país. Creo que esa fue siempre una característica de su pensamiento: no pensaba si no era en relación a lo que nos acontecía como sociedad y como país, su pensamiento siempre estaba enraizado en aquello que nos acontece. Por otro lado, tenía una capacidad desbordante de asociación de ideas, y de muchos “delirios” de esa capacidad asociativa han surgido algunos de sus textos. Digo “delirio” con admiración, en su sentido etimológico, de “caído fuera de la lira, el surco”, porque de alguna manera siempre estaba “por fuera”, o en el margen de los modos académicos habituales de “hacer filosofía”. Podía enlazar las cuestiones que parecían más lejanas, y armar un discurso que ponía en jaque muchas de nuestras “habitualidades” filosóficas. Para mí, personalmente, su amistad fue un espacio de constante deconstrucción de los modos académicos en los que me había formado, un  espacio de puesta en crisis de las modalidades de “hacer filosofía” a las que estaba acostumbrada.

Fue autor de libros como Escrituras interferidas. Singularidad, resonancias, propagación,  Paidós, Buenos Aires, 2000; Spinoza, la política de las pasiones,  Gedisa, Buenos Aires-Barcelona, 1990, 1998; Marcuse: una introducción, Buenos Aires, Quadrata, Dispositivos institucionales, Lugar, Buenos Aires, 1990, 1995, 1999; Subjetividades. Nordan -Montevideo, 1989; Socialización, Trillas, México, 1981, 1985, 1986, 1988, 1990, 1992. Fue compilador de Cartografías del Deseo de Félix Guattari,  La Marca, Buenos Aires, 1995, El Yo Minimalista de Michel Foucault, La marca, Buenos Aires, 1996, El campo de coherencia del análisis  institucional       de Rene Lourau, Cuadernos de Posgrado,UBA. Tradujo y prologó de René Lourau, Libertad de movimientos, Buenos Aires, Eudeba, 2001, Dirigió Tiempos inclementes. Culturas policiales y seguridad ciudadana, Lanús, UNLA, 2005,  compiló con D. Galeano, Mirada (de) uniforme (Historia y crítica de la razón policial) Teseo/UNRN, con M. Cragnolini,  Nietzsche actual e inactual, Vol I (1995) y Vol 2 (1996), Oficina de Publicaciones del CBC, UBA. En México, dirigió la Colección Alternativas, de Editorial Folios , 1980/1983, fue miembro del comité de Dirección de Confines, y fue miembro asesor de muchas revistas: Fragmentos de Filosofía, Universidad de Sevilla, Tramas, Universidad Autónoma Metropolitana, Mexico, y también de nuestras revistas, Perspectivas Nietzscheanas, primero, luego Instantes y azares. Escrituras nietzscheanas.

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Yo quisiera recordarte, Goyo, en esos dos últimos meses, porque de alguna manera son una muestra  de muchos otros años (te conocía desde hace veinticinco), en ese entusiasmo y  deseos de hacer cosas, de reunirse para hablar y pensar, de impulsar actividades, de escribir… De hacer frente a la enfermedad, y al olvido, que  te acompañaron siempre en muchas maneras y modos, en una convivencia sufirente y dialogante también con ellos.

“Hay una calle angosta que nos separa, solo la de la vida”, decía la canción de Vivencia que escuchaba en mi adolescencia .“Espera que lleguemos a tu vereda. Espera que hablaremos de aquellos días”, sigue la canción.

Hasta pronto, Goyo. Volveremos a hablar. Como en aquellos días.

 

Mónica B. Cragnolini.16 de abril de 2018

Kaminsky, Yanes (por entonces, Decano de FFYL, UBA), Cragnolini
G5: Kaufman, Digilio, Kaminsky, Cragnolini, Percia. Foto de Matías Corral
Jornadas Nietzsche 2004: Castro, Cangi, Kaminsky, Jara

Gregorio: la amistad incondicional
Raymundo Mier

Era 1978. No hacía mucho que Gregorio y Mirta habían llegado a México. A pesar de que ambos, Gregorio y yo, trabajábamos en el mismo Departamento de la universidad e impartíamos alguna clase en la Escuela Nacional de Antropología e Historia no nos conocíamos. Nuestro encuentro fue uno de esos episodios del azar que tienen algo de fatal, de ese azar objetivo tan celebrado por los surrealistas. Fuimos recomendados para revisar conjuntamente, desde distintas perspectivas, un diccionario peculiar de “comunicación” queinvolucraba entre sus entradas desde a Chico Buarque, hasta a Heidegger. Coincidimos en la sala de espera de esa editorial. Nuestra primera conversación se pareció a los diálogos de La cantante calva: “vivo aquí en la ciudad”, “qué coincidencia, yo también”, “y trabajo en la universidad metropolitana”, “qué coincidencia, yo también”, “y doy clases en la Escuela de Antropología”, “qué bueno, que gusto, yo también”, “y estoy en el Departamento de Educación y comunicación”, “que afortunado, qué coincidencia”, “y estoy en el cubículo 40”, “Qué sorpresa ¿Eres mi compañero de escritorio?”. Desde ese momento nunca nos distanciamos. Ni con los kilómetros que habrían de separarnos años después cuando regresó a Buenos Aires. Nuestra amistad se hizo íntima, incalificable. Recorrimos juntos las páginas de Diferencia y repetición, del Antiedipo, discutimos largamente los textos de Foucault, dimos un curso conjunto sobre Deleuze en la Escuela Nacional de Antropología, un desafío cercano del delirio en aquellos momentos en que dominaba un marxismo radical y exacerbado, agobiantemente canónico. Recorrimos juntos, no sin una persistente crítica, la obra de Lourau, los distintos acercamientos a las reflexiones sobre la intervención institucional. Compartí con él el rechazo de las ortodoxias y las formas contemporáneas que reviste el despotismo intelectual. Lo acompañé en el desafío derivado de sus tareas como director de colección en la editorial Folios. Aprendí a comer mollejas –-algo insólito en México— en un restaurante argentino que nos gustaba frecuentar. En ocasiones yo, extraño y quizá hostil al futbol (sé que esto es una herejía inadmisible en Argentina), lo acompañé entretenido a mirar los partidos de la selección argentina en los mundiales, o incluso algún partido de San Lorenzo de Almagro, su equipo favorito. Me arrastró por única vez en mi vida al Estadio Azteca en México cuando jugó el River Plate contra el América. “No puedes perderte a River”, me dijo en aquella ocasión y trepé con él las gradas nocturnas del estadio. Lo acompañé como un interlocutor sorprendido en el largo trabajo de concepción y redacción de su extraordinario texto sobre Spinoza. Compartimos nuestra pasión por Bill Evans y el Art Ensable de Chicago, por Sinéad O’Connor y por Peter Gabriel. Compartimos también el culto jubiloso de José José. Me extrañé ante su pasión por Tchaikovsky mientras él se extrañaba ante mi pasión por Mahler. Detestaba los frijoles que yo disfruto sin ningún límite. Implantamos un ritual íntimo: un desayuno semanal en una de las cafeterías cercanas. Era siempre un encuentro desbordante de ocurrencias, de ideas, de humor, de ingenio y desparpajo, a los que pronto se integró un amigo mutuo. Celebrábamos los tres este ritual perseverante que se mantuvo hasta su partida.

Nuestras afinidades y también nuestras diferencias cristalizaron en una amistad sin reservas. En esa forma extrema de la amistad que es la incondicionalidad. Cuando me dijo que había decidido regresar a Buenos Aires, una vez caída la dictadura, esa fuerza de la incondicionalidad se hizo patente. A pesar de mi profunda tristeza me alegré. Por él, por su hijo mexicano, Javier, por Mirta. Supe que esa distancia no erosionaría ni un ápice nuestra amistad. Así ocurrió. Nos encontramos esporádicamente a lo largo de los años en eventos académicos, en visitas fugaces. Y siempre como si nos hubiéramos visto ayer. Nos escribimos poco. Nos hablábamos menos. Sabíamos uno del otro, más por comentarios indirectos, por alusiones, que por esas extrañas conversaciones epistolares o telefónicas que pretenden hacer imperceptibles las distancias de miles de kilómetros. Pero la amistad preservó su fuerza, la integridad irrestricta de su afirmación incondicional. Lo acompañé también en los momentos de quebrantamiento de su salud mientras estuvo en México. Seguí de lejos su penosa y grave enfermedad ya en Buenos Aires y luego sus malestares crónicos que sobrellevaba en nuestros encuentros sin un gesto, sin una huella, sin queja ni reparo alguno, solo, acaso, con algún comentario ocasional. Seguí en lo que pude —a pesar de todas las tecnologías, los textos transitan con dificultad entre nuestros países— sus trabajos, que nunca dejaron de sorprenderme. En el último de los largos silencios con los que a veces sosteníamos nuestra amistad, me enteré de la gravedad de su enfermedad. Confié en que, como hasta ese momento, su vigor anímico exuberante, su impulso vital, lo devolverían al trabajo, a la discusión, a la polémica, a la invención y a la creatividad sin demasiados altibajos. Supe de su larga recaída y de su resplandeciente recuperación. Esperaba lo mejor. Repentinamente recibí la noticia de su muerte. Conozco algunos matices de la palabra “irrecuperable”, de la palabra “ausencia”. Todos sombríos, todos huellas indelebles, todos como un reclamo perentorio de la memoria. Pero hay un acento brutal, intratable: la ausencia absoluta, lo absolutamente irrecuperable. Frente a eso no hay defensa, tampoco reparación. Su voz, su inteligencia, su fuerza, su vitalidad, su batalla sin concesiones, eso que, para mí, constituye lo absolutamente irrecuperable. Lo es también la huella de esa experiencia perdida de la incondicionalidad de una amistad sin linderos. Donde se detienen las palabras. Donde no queda nada que decir salvo la memoria íntima, personal, secreta, la huella irreductible del dolor sin resguardo, sin aliento. Sí, siempre, lo demás es silencio.

México, D.F.
17 de abril de 2018

5 comentarios sobre “Gregorio Kaminsky, 1-12-1950/10-4-2018, in memoriam/ Gregorio: la amistad incondicional-Raymundo Mier

  1. Carlos Eduardo Tkach dice:

    Magni’fico tu escrito querida Mónica, una despedida de nuestro querido Goyo que nos lo deja presente para rencontrarnos siempre con e’l. Me ha conmovido. CarlosTk

  2. FRIDA PEREL dice:

    Hermoso recuerdo Mónica. Mi Querido amigo, me ha dejado muchas charlas, donde sin que fuera su intensión, me enseño a pensar y ver de diferentes maneras. Compartimos viajes, fiestas y sobre todo su gran amor su familia. Quedará en mi un vacío, pero pronto nos encontraremos en ese misterioso lugar sin nombre.

  3. Nora Levinton Dolman dice:

    Conmovida por tu texto. Me sumo.
    Desde una amistad de “toda la vida” , que fue un hito en mi vida y marcó el inicio de muchos derroteros.
    Goyo fue un amigo insustituible. Cómplice de caminatas adolescentes los viernes por Florida. Descubrimos juntos el Di Tella y me llevó a escuchar a Piazzolla cuando poca gente sabía quién era. Fue siempre un ávido lector, y. en aquella época un joven tierno en el más amplio sentido de la palabra. El mejor amigo del alma .
    La primera felicitación de cada cumpleaños, el abrazo intenso de cada reencuentro y cada despedida.
    Me acompaña en éstos días el profundo agredicimiento a que hubiese estado en mi vida . Sigue conmigo.

  4. Viviana Guigui dice:

    Dolor y siempre el recuerdo de un Maestro.
    Goyo fue mi maestro en una maestria que dictaba de Analisis Institucional.
    Cambio en mi la forma de ver y leer las dimensiones institucionales. De esa experiencia , ùnica y de mis otras profesiones afines fui construyendo mi oficio.
    Siempre expresado en mis clases como el mayor y cercano referente en Argentina del socioanalisis.
    Ademas y por fortuna pude conocerlo fuera de la academia, estar en su casa, en su escritorio, conocer a su perro, sus hijos, y su gran impronta…Su pasiòn.
    El no concebia la tarea sin pasiòn.
    Sus enojos.
    Su forma anarquica de transmisiòn.
    Como olvidar a un tipo asì. Maestro. Esos que dejan huellas y te sueltan
    porque sabia que ya podias solo.
    Maestro de vida.
    Gracias por tanto talento. Goyo querido.

  5. Sergio Agoff dice:

    No puedo creerlo. Ayer, de una manera impensada, alguien me dijo que había muerto Goyo. Como no podía creerlo, entré a un buscador y encontré una entrevista de Febrero de este año. Me tranquilizó. Pero no tanto. Hoy volví al buscador y encontré esta página. Escribo esto a minutos de enterarme de una muerte ya tan lejana, de alguien tan querido. Soy docente, soy investigador, de eso trabajo. Mi trabajo de tantos años se lo debo a Goyo. Lo conocí en 1985 cuando estudiaba Psicología y trabajé con el hasta el 2001. Luego nos vimos salteado, siempre con afecto. La última vez debe haber sido por 2012 o 2013, Goyo, querido, no sé qué decir. Sólo se me ocurre despedirte con los versos de otro argentino que anduvo también tomando aire por aquellos tiempos en México, Litto Nebbia:
    “Por eso, si tienes un amigo, no lo engañes ni lo olvides y siempre ofrecele tu mano. Si el piensa igual de ti, tan solo no estarás y seran dos que vivan este loco mundo. Mundo loco”
    Hasta siempre Goyo, un abrazo gigante
    Sergio

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